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PRIMERA CONFERENCIA INTERNACIONAL IBEROAMERICANA
DEL “G.K. CHESTERTON INSTITUTE FOR FAITH AND CULTURE”
21 de septiembre de 2005.
Palabras inaugurales del Presidente de la Sociedad
Chestertoniana Argentina, Embajador
Miguel Ángel Espeche Gil
Señoras y Señores:
En nombre de la Sociedad Chestertoniana Argentina doy la bienvenida al
Reverendo Padre Ian Boyd y a los demás ilustres integrantes del “Instituto
Chesterton para la Fe y la Cultura”, convocante de este encuentro internacional,
y a todos los presentes.
Somos conscientes del privilegio de que nuestra ciudad haya sido elegida sede
de esta conferencia. Agradecemos al Instituto esta distinción y a la Universidad
Católica Argentina su hospitalidad así como el apoyo de las entidades y
personalidades patrocinantes y auspiciantes
Un cierto denominador común nos une a muchos: la llegada a la obra de
Chesterton en la adolescencia; el deslumbramiento de sus paradojas imaginativas
y cargadas de trascendencia; sus afirmaciones valientes, convincentes e
imbatibles; la poética descripción de la magia escarlata de los atardeceres
londinenses, que también encontrábamos en las puestas de sol de nuestros
horizontes pampeanos, y, por sobre todo, la alegría, que aventó las dudas
sombrías con la risa desbordante de su fe.
Tuvimos la suerte, por qué no decir la gracia, de que las principales obras
de Chesterton fuesen volcadas a nuestro idioma por grandes escritores, devotos
admiradores suyos, familiarizados con las lenguas de Cervantes y de Shakespeare,
que nos dejaron traducciones hechas con sapiencia, esmero y amor. En el prólogo
de una de las novelas del Padre Brown, Borges recordaba la felicidad que le daba
leer sus obras.
El hecho de que un grupo de argentinos de distintos orígenes, creencias y
actividades, se congregase para rescatar la vigencia de los valores,
cuestionados y escarnecidos por la pseudo cultura global, secularizada y
relativista que nos envuelve, y que para ello se inspirasen en un escritor y
periodista inglés que vivió entre los siglos XIX y XX, despertaba cierta
perplejidad entre los no iniciados, que nos preguntaban: ¿por qué Chesterton hoy
y aquí para los argentinos?
La elaboración de la respuesta que hemos venido dando nos ha retemplado en un
sentimiento profundo, que compartimos los aquí presentes, hacia quien nos enseñó
a asumir con alegría la defensa de los valores, sustento de nuestra civilización.
Es nuestra afectuosa gratitud hacia Chesterton y la convicción de que en su
pensamiento, aplicado a nuestro aquí y ahora, se encuentran medios eficaces para
contrarrestar la marea de sinrazón y desprecio de los principios cristianos, y
de los seres humanos, víctimas del egoísmo que avasalla al mundo contemporáneo.
Chesterton condenó proféticamente al despotismo materialista en sus dos
vertientes inmanentistas: el marxismo y el capitalismo.
Se impone que confrontemos las causas de nuestra penosa postración con la
visión de Chesterton sobre lo social, lo político y lo económico.
Nuestros ilustres visitantes verán esta ciudad en su engañoso esplendor; la
realidad es otra: la Argentina es un ejemplo de las consecuencias de disociar
los valores religiosos y éticos de la vida política y económica. La injusticia
rampante ahondó el abismo entre los más ricos y los más pobres, convirtiendo a
nuestro país en uno de los menos equitativos del planeta. ¡El granero del mundo
albergando hijos hambrientos!
Nuestra involución económica, social y educacional se aceleró patológicamente
durante la década pasada, sumergiendo en la pobreza y la miseria a la mitad de
nuestros compatriotas. Muchos de ellos integraban las hasta entonces respetadas,
pujantes y estabilizadoras clases medias argentinas.
En un documento reciente el Episcopado Argentino expresó:
“La labor educativa de la iglesia no pudo hacer surgir una patria más justa,
porque no ha logrado que los valores evangélicos se traduzcan en compromisos
cotidianos”.
Duele la comprobación de que en un país que se dice católico, en muchos casos
se hablaba y actuaba rindiendo acatamiento y sumisión a los dogmas
anticristianos del pensamiento único, contrariando las enseñanzas y advertencias
del Magisterio Pontificio.
Se creyó más en la mano mágica del mercado que en la opción preferencial por
los pobres, en la actitud neo anárquica del neoliberalismo, demoledor del Estado
como gerente del bien común, que en un desarrollo integral y armónico. Se
sostuvo que las privatizaciones eran la panacea que nos llevaría al crecimiento
y se impulsó la destrucción de la industria nacional, sustituyéndola por la
especulación financiera.
Hubo complicidad o indiferencia ante la corrupción y la degradación de las
instituciones de la República y en la aceptación egoísta del enorme desempleo.
Hipócritamente se afirmó que era el costo social necesario para el progreso y
que en el futuro se corregiría con el mito del “derrame” de la riqueza.
Los resultados catastróficos de todo esto han quedado al descubierto,
mostrando que la ideología anticristiana, a la que se atribuye el carácter de
ciencia de la economía, solamente sirvió para facilitar la acción depredadora de
los intereses monopólicos y la sociedad quedó a merced de la prepotencia y la
usura del poder especulativo financiero.
La sabiduría de Chesterton, el patriota enamorado de su pueblo, de la
democracia y del derecho de propiedad para todos, nos es vital para retomar
nuestras mejores tradiciones democráticas e igualitarias de raíz cristiana, y
combatir eficazmente la corrupción y los vicios sociales que él denunció.
Los principios que Chesterton sustentó en sus escritos –que el instituto
edita y difunde en todo el mundo con su revista y conferencias—siguen vigentes a
fin de restaurar los mínimos de conducta ética necesarios en la sociedad y
garantizar la convivencia política civilizada. Actualizarlos nos permitirá
despertar conciencias y formular propuestas que generen acciones para devolver a
nuestros compatriotas marginados una existencia compatible con la dignidad de la
persona.
Los trabajos presentados buscan adentrarse en la visión evangélica de quien
vivió la fe con júbilo y nutrió en ella su pasión por la política, como deber
moral, alentando la esperanza en días mejores para el hombre común.
Chesterton, con su ánimo reparador de la justicia, de la solidaridad y del
amor al prójimo, nos da las pautas para reconstruir nuestra sociedad en paz,
concordia y libertad.
¡Qué los debates y los resultados de este encuentro fraterno sean dignos de
su sabiduría y de su ejemplo!
¡Muchas gracias!
“I
saw the youngest face in all the spheres”
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